China en Asia-Pacífico en tiempos de desglobalización
Recientemente se publicó la obra “Asia-Pacífico: poder y prosperidad en la era de la desglobalización” editado por José Luis León-Manríquez, Graciela Pérez-Gavilán Rojas y quien escribe. Un cambio de sentido en las relaciones internacionales se puede vislumbrar. Analicemos los detalles.

El libro fue publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Xochimilco (México) y Bonilla Artigas Editores. La obra, de 384 páginas, es resultado de un congreso sobre Asia-Pacífico que tuvimos en la universidad en 2018, y en el que varios colegas se dieron lugar para debatir sobre temas de Asia contemporánea.

Uno de los temas más acuciantes que surgieron al momento de la reflexión fue que estamos viviendo numerosos procesos característicos de una “desglobalización”, entiéndase esta como la regresión en materia de libre comercio, del libre tránsito de personas, de la difuminación de fronteras en aras de órdenes supranacionales, o del compartir instituciones políticas y sociales a nivel global, como la democracia, el respeto por los derechos humanos, etc.

Pero, como todo conocimiento puede ser objeto de actualización y discusión, más que “desglobalización”, probablemente estemos iniciando un proceso de “reglobalización”, aunque esto ya sería tema de otro libro. En esta línea, China es un activo protagonista de procesos de alcance global, aunque estos no son los mismos que caracterizaron a la globalización presuntamente iniciada en la década de 1990.

Portada del libro: “Asia-Pacífico: poder y prosperidad en la era de la desglobalización”

En 1994, Zaki Läidi escribió una obra magistral titulada Un mundo sin sentido, en el que explica que, a raíz de la desintegración de la Unión Soviética y con el advenimiento de la posmodernidad, el sistema internacional ingresó en una fase en la que la falta de “otredad” y la no identificación de un “enemigo” configuró las instituciones económicas y políticas mundiales de maneras particulares. Dichas instituciones, características del modo de producción capitalista en su periodo neoliberal y del sistema político estadounidense, terminaron por globalizarse, pues fue lo único que brindó sentido a un mundo en caos.

Es cierto que surgieron los llamados “globalifóbicos” y varios movimientos sociales de resistencia ante la globalización. Pero, a diferencia de la Guerra Fría, ello no supuso una amenaza real a las instituciones económicas y políticas capitalistas que se expandieron por el globo. La consolidación de la Organización Mundial de Comercio y la formación de acuerdos macrorregionales en persecución de la materialización del “libre comercio”, vinculado a la legitimación política a partir de la idea fukuyamista del Fin de la Historia y de la expansión de la democracia liberal, son signos de una globalización manifiesta.

No obstante, la Recesión Global Financiera de 2008-2010, aunado a las revueltas populares en los países árabes de 2011, acontecimientos que a su vez produjeron ensanchamientos en las desigualdades y movimientos masivos de migraciones por todo el mundo, iniciaron procesos a contracorriente de la globalización –situación que explicamos en la introducción del libro–. De esta manera, se fortalecieron los autoritarismos y los proteccionismos. Incluso, se podría decir que la pandemia por Covid-19 ha fomentado más lo anterior.

Estados Unidos, otrora líder mundial de la democracia y el libre comercio, paradójicamente fue uno de los países que promovió el autoritarismo y el proteccionismo. El acercamiento al régimen de Corea del Norte y la salida del Acuerdo Transpacífico son signos de lo anterior. Además, se esperaba que Estados Unidos se comprometiera más en otros asuntos de interés mundial, como la lucha contra el cambio climático. Pero, la salida de Washington del Acuerdo de París fue otro signo de una desglobalización rampante.

En todo este asunto, China emergió como un país garante del libre comercio, sobre todo a raíz del discurso del presidente chino, Xi Jinping, en la conferencia mundial de Davos de 2017. Paralelo a esto, sus proyectos económicos alternativos a los tradicionales, como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y la Iniciativa de la Franja y la Ruta, atrajeron la atención de muchos países que buscaban oportunidades de desarrollo económico sin ataduras políticas o ideológicas.

Como muestran los casos de la ayuda económica china en África, la no imposición de condicionantes políticas para brindar capital es una de las características de lo que algunos han llamado como “globalización con características chinas”, una globalización eminentemente económica, pero no política. Es decir, después de la recesión de 2008, China ha retomado la batuta estadounidense de promover una globalización económica basada en el libre comercio. Sin embargo, ha abandonado la batuta estadounidense de promover una globalización política basada en la promoción de la democracia y los derechos humanos.

Con el lanzamiento del e-renminbi, que implica una fuerte presencia del Estado en la gestión de una criptodivisa, China toma las riendas de la globalización económica, pero sin minimizar la presencia del Estado o sujetarla a un interés de clase –tal como lo exigen los cánones del neoliberalismo–. Al promover agendas en materia de derechos humanos en el seno de las organizaciones internacionales –particularmente en el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas–, China establece dinámicas que responden a los intereses de su particular sistema político, que algunos califican como “autoritario”.

En suma, ante la desglobalización que varios problemas económicos y sociales mundiales provocaron, China fomenta una reglobalización selecta, en el que se fortalece el libre comercio, pero se redefinen la democracia y los derechos humanos. Esta podría ser una de las principales reflexiones derivadas del libro en cuestión.