China se reinventó en 40 años y ahora plantea regresar al socialismo
Foto: Sebastián Vricella
La investigadora, docente y política Alcira Argumedo falleció este domingo 2 de mayo. Desde La Ruta China decidimos homenajearla compartiendo uno de sus ensayos recientes sobre el crecimiento de China durante las últimas décadas y su ejemplo para países como Argentina.

Artículo publicado originalmente en La Nación Trabajadora: https://lanaciontrabajadora.com/ensayo/argumedo-china/

En septiembre de 1976, a los pocos meses de consumado el golpe militar genocida en Argentina, moría Mao Tse Tung, el líder de la Revolución China triunfante en 1949, luego de una larga lucha de más de veinte años. La proclama de independencia terminaba afirmando: “China se ha puesto de pie”. Había pasado exactamente un siglo desde la Guerra del Opio de 1848, cuando Inglaterra y las potencias occidentales, junto a Japón, convirtieron al legendario Imperio del Centro en una semi-colonia saqueada, empobrecida y humillada. Ante la muerte del líder, y luego de una dura lucha por el poder entre los maoístas y los sectores que habían sido desplazados durante la Revolución Cultural, el triunfo de estos últimos dará un vuelco decisivo en la política china. En 1978 el Congreso de Partido Comunista define la estrategia de las Cuatro Modernizaciones: en el sector rural, en la industria, en las fuerzas armadas y en el área de ciencia y tecnología.

En grandes rasgos, la estrategia contemplaba el control estatal de las finanzas, el comercio exterior, el desarrollo científico-técnico, las universidades, la producción petrolera y energética y otros sectores clave de la economía, mientras promovía una amplia apertura a las inversiones extranjeras en áreas industria liviana, especialmente las trabajo-intensivas. A partir de una férrea dirección política y económica del Partido Comunista -rayana en el despotismo-, para imponer condiciones en esa apertura contaban con el poder derivado del tamaño de su población, que en la actualidad ronda los 1.300 millones de habitantes.De ellos, unos 400 millones fueron favorecidos por un enriquecimiento que les permitió un alto nivel de consumo: un mercado altamente atractivo para las corporaciones extranjeras, si se considera que toda la población de Japón es de unos 120 millones de habitantes; toda la población de Estados Unidos (incluyendo los pobres) es de 330 millones y la de la Unión Europea en su conjunto (incluyendo los pobres) es de 508 millones.

Con el objetivo de incorporar tecnología rápida y masivamente, además de calificar a sus trabajadores y técnicos industriales, el acuerdo con las corporaciones extranjeras principalmente estadounidenses, europeas y japonesas, establecía que las empresas invitadas podían producir para ese mercado de 400 millones y exportar, con la garantía de disponer de mano de obra barata y disciplinada. Cubierta esa primera fase, las corporaciones se comprometían a transferirles su tecnología y formar a sus cuadros, de modo tal que el resto de la producción quedaría en manos chinas, tanto de las empresas estatales como de las nacientes empresas privadas locales. Las Cuatro Modernizaciones contemplaban distintos aspectos y una profunda transformación de la sociedad, que entre 1950 y 1975, gracias a las políticas maoístas tendientes a erradicar el hambre y la mortalidad infantil, registró un impresionante aumento de la población. En 1980 la decisión de frenar esta dinámica impuso la dura política del hijo único, que prohibía a las parejas tener más de un hijo, y sancionaba duramente a quienes no cumplían la ley: la aspiración de muchas familias a que ese descendiente fuera varón, daría lugar a dramáticas historias de muertes de niñas al nacer.

A mediados de la década del ‘80, las reformas introducidas en el sector rural -que eliminaron  las granjas colectivas, permitiendo la entrada de inversiones extranjeras y empresas privadas- produjeron un descomunal desplazamiento de trabajadores: en esos primeros años, un éxodo masivo proveerá a las industrias de 230 millones de nuevos trabajadores inmigrantes en las ciudades, con baja calificación y educación. La incorporación en la Población Económicamente Activa (PEA) industrial de esta masa de trabajadores, equivalente a la suma de la PEA de Estados Unidos y la Unión Europea, será una clave decisiva de la estrategia, basada en la provisión masiva de mano de obra barata y capaz de trabajar 60 horas semanales por salarios misérrimos: 300 a 400 yuanes por mes, equivalentes a unos 60 a 100 dólares. Estas condiciones fueron altamente atractivas para las empresas de capitales extranjeros, que aportarán el 70% de la tecnología industrial de la economía china.

Además del área de minería para la producción de carbón, fuente principal de energía para ese desarrollo acelerado, los trabajadores inmigrantes fueron absorbidos, entre otras, por las ramas textiles, construcción, astilleros, electrónicos, juguetes o alimentos.Con esta política de incorporación masiva de inversiones extranjeras, hasta fines de los años 90 la producción se incrementó con niveles de crecimiento de dos dígitos, mientras el grueso de los trabajadores continuaron sometidos a condiciones cercanas a la esclavitud: una socióloga china comentaría que, leyendo los textos de Marx y Engels sobre la situación de la clase obrera en Inglaterra durante la etapa de acumulación primitiva en los comienzos de la industrialización, podía afirmarse que los trabajadores inmigrantes chinos sufrían condiciones aún peores, salvo que no existía trabajo infantil. Las fábricas contratistas de Apple en producción de Iphone y electrónicos fueron denunciadas por abusos a sus trabajadores debido a los bajos salarios; largas horas de labor, a veces sin descanso semanal; carencias de medidas de seguridad; y hacinamiento en los dormitorios de las empresas donde hasta 14 personas dormían en un solo cuarto. Las condiciones no eran diferentes, entre otras, en empresas como Fujitzu-Siemens; Disney; Nestlé; Pepsico; o Panasonic, mientras no existían sindicatos o estaban controlados por las empresas, de modo tal que les permitían neutralizar las protestas.

El ingreso de China a OMC en 2001

Si bien después de 10 años de crecimiento económico e industrialización basados en la explotación de esa masa de casi 300 millones de trabajadores, en 1995 se establece un primer código laboral cuyo objetivo era normalizar las condiciones de empleo; no obstante, las empresas extranjeras y las empresas privadas locales tuvieron absoluta libertad para continuar imponiendo todo tipo de abusos a sus empleados. Una situación que recién comienza a cambiar paulatinamente a partir del 11 de diciembre de 2001, con el ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio, luego de 15 años de arduas negociaciones. Esto supuso al mismo tiempo la llegada de mercancías al mercado más grande del planeta y también el comienzo de la invasión de productos elaborados en China a 159 naciones. En ese período se consolida el modelo económico sustentado en exportaciones competitivas por el bajo costo de su mano de obra y el significativo crecimiento de las inversiones extranjeras, en especial europeas y norteamericanas: más del 50% de las exportaciones tenían ese origen.Recién entonces, el uso de nuevas tecnologías exige un mayor nivel de capacitación de la mano de obra y se promueve un aumento paulatino de los salarios, que comienzan a crecer por encima de la inflación, aunque conservando niveles marcadamente menores que los vigentes en el sector occidental.

China en la globalización neoliberal

En el contexto de la globalización neoliberal, la presencia arrolladora de China en el mercado mundial ejerce crecientes presiones -tanto en las naciones desarrolladas como en las periféricas del sector occidental- para una baja de los salarios y la creciente eliminación de derechos laborales, profundizando los problemas de precarización y desempleo que desde comienzos de los años noventa impulsaban los modelos  neoliberales de privatización, reconversión tecnológica salvaje y desarticulación de los Estados de Bienestar. La apabullante presencia de los productos de China con sus bajos precios en el mercado mundial, tiende a desintegrar las industrias nacionales, tanto en lo referido a la localización de transnacionales como en el tejido de pequeñas y medianas empresas. No obstante, la creciente demanda china de alimentos y commodities ha impulsado el incremento de sus precios, favoreciendo un “viento de cola” en los países productores de soja y otros granos transgénicos, petróleo, productos mineros y similares.  Situación engañosa para América Latina y en especial para Argentina, en tanto refuerza el proceso de desindustrialización eliminando las posibilidades de reconstruir, entre otros, el polo industrial ferroviario o el polo naviero y afectando al sector de pequeñas y medianas empresas.

Aunque en algunas áreas como la electrónica se promuevan fábricas de armado de productos finales con importación de la totalidad de sus componentes, principalmente desde China: otro ejemplo dramático será la importación de material ferroviario llave en mano, incluyendo los durmientes de hormigón armado.En esos años, la perspectiva de organizar los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, promocionados por el gobierno con el fin de destacar la importancia e influencia de la cultura china para la civilización mundial, alimentó una masiva transformación de las ciudades, aeropuertos, hoteles y rutas en las dimensiones chinas; y desencadenó un nuevo éxodo rural de cientos de millones de campesinos, que en forma más o menos permanente migrarán a las ciudades en busca de empleo. Al igual que la generación anterior de trabajadores inmigrantes, en las nuevas oleadas los campesinos serán sometidos a condiciones laborales signadas por el abuso, la carencia de todo tipo de seguridad y los bajos salarios, ahora por las empresas de la construcción que transformarán el perfil de esa sociedad en poco menos de una década, reforzando el contraste entre los 400 millones de nuevos ricos y la masa misérrima de los nuevos trabajadores. También el año 2008 mostrará un contraste simbólico entre la deslumbrante organización de los actos de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín en agosto, y el estallido de la crisis de Wall Street en septiembre, con la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers; crisis que comenzará a extenderse hacia las sociedades desarrolladas y periféricas de Occidente.Hasta entonces, mientras la modernización del campo y de la industria se dejaba principalmente en manos de empresas privadas nacionales y corporaciones extranjeras, el grueso del esfuerzo estatal y de las empresas públicas se centró en el desarrollo de ciencias y tecnologías de avanzada (entre otras, inteligencia artificial y nanotecnología); en determinadas industrias de punta, como material ferroviario de alta velocidad o producción satelital; y en la modernización de las fuerzas armadas. Si bien la caída de sus exportaciones a causa de la crisis mundial frenó en parte el crecimiento en dos dígitos -que bajaría al 7% anual- alcanzado con un descomunal costo social en las espaldas de gran parte de los trabajadores, a partir de 2008 comienzan a corregirse esas distorsiones, junto a una paulatina reorientación de sus políticas económicas, que también responden a los crecientes conflictos laborales: si en 1999 se registraron 200.000 conflictos y protestas, en 2008 habían crecido a un millón. Ese año se ponen en vigencia la Ley sobre Seguridad en el Trabajo, la Ley de Conciliación y Arbitraje de los Conflictos Laborales y la Ley de Promoción del Empleo, tendientes a revertir la discriminación y explotación de los trabajadores inmigrantes, promover la calificación de la mano de obra y los contratos fijos estableciendo periodos máximos de prueba, además del creciente control de la seguridad laboral: entre 2005 y 2016 los salarios mínimos se triplicaron, creciendo hasta 350 dólares mensuales en 2018: un equivalente a 8.750 pesos de 2018 (dólar a 25$), mientras en Argentina ese mismo año es de 9.500 pesos para los trabajadores en blanco.

Ante la crisis mundial: mercado interno y Ruta de la Seda

Este paulatino cambio en la situación de los trabajadores menos remunerados, cuyo sacrificio fue la condición del espectacular crecimiento de China en los treinta años anteriores, se combina con una mejora del nivel de vida del conjunto de los 800 millones de su PEA y de los 1.300 millones de habitantes.

Además, se promueve una reorientación del modelo económico desde el predominio casi exclusivo de las exportaciones y la apertura a las inversiones extranjeras, hacia una menor dependencia de estas inversiones y el mayor papel otorgado a su mercado interno. Una estrategia que se articula con la decisión de transformarse en la mayor potencia comercial del mundo, reconstruyendo la histórica Ruta de la Seda de los siglos XV a XIX, ahora mediante autopistas, puertos, barcos y trenes de alta velocidad, para penetrar en los países asiáticos y en el mundo árabe, que serán la puerta hacia Europa Occidental, mientras refuerza su significativa presencia en África: sólo América Latina será un área de disputa con Estados Unidos. China se ha convertido en la principal potencia económica y aspira a serlo en los próximos años también en términos científico-tecnológicos y militares. Entre otros recursos, para estos objetivos cuenta ya con 200 millones de graduados universitarios.

A diferencia de las potencias occidentales, la tradición imperial china no tiene una historia de conquistas territoriales por medios militares, sino de ejercer su predominio mediante el comercio. Con la convicción de haber derrotado a Estados Unidos en la competencia hegemónica -aunque esto se evalúe en términos de perspectiva en el tiempo, según la mirada del Go, que es el juego nacional por excelencia- y cuando todo indicaba que se había impuesto un capitalismo salvaje, en el Congreso del Partido Comunista Chino realizado en octubre de 2017, se proclama el objetivo de construir un socialismo con características chinas para una nueva era desde 2049, cuando se cumplan 100 años del triunfo de Mao. Reivindicando un marxismo ortodoxo, consideraron que para construir el socialismo era necesario desarrollar las fuerzas productivas; y esa habría sido la tarea de los últimos cuarenta años. En la nueva etapa, se promoverá un crecimiento económico respetuoso del medio ambiente ante las amenazas del calentamiento global, con una tolerancia cero hacia la corrupción -que conlleva sanciones a 1.400.000 funcionarios- y la construcción de “una sociedad modestamente acomodada para terminar con el miserable sufrimiento de la vieja China y liberarse completamente de la pobreza y la debilidad nacional”. La dirección del proceso quedará en manos del Nuevo Timonel Xi Jinping como líder vitalicio y del Partido Comunista Chino con su férreo control despótico, en la decisión de aportar a la construcción de un nuevo sistema de gobernanza global impulsando un nuevo tipo de relaciones internacionales basadas en el respeto mutuo, la equidad, la justicia y la cooperación.

Argentina durante las mismas décadas, un contraste para meditar

Un artículo de La Nación de enero de 2017 señala que, de acuerdo con los datos de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec en su informe sobre distribución del ingreso en el tercer trimestre de 2016, la mitad de los trabajadores argentinos gana menos de $8.000 por mes, cuando en esa fecha el salario mínimo era de $7.560. Esto indica que el 50% de nuestra población económicamente activa recibe salarios equivalentes al de los trabajadores chinos que han sufrido las peores condiciones laborales. Sin embargo, las historias respectivas son exactamente inversas: de acuerdo a estimaciones propias en 1974, más del 90% de los trabajadores argentinos estaban en blanco y cubiertos por derechos sociales; con un 3% de desempleo; mientras la población en condiciones de pobreza rondaba el 6%; las obras sociales cubrían la salud; y una educación pública de calidad en todos sus niveles, garantizaba canales de ascenso social. Desde los años ochenta, en China, cientos de millones sufrían condiciones de pobreza e indigencia, con salarios que no superaban 1 dólar diario, y los trabajadores inmigrantes campesinos eran sometidos a durísimas situaciones laborales. En la actualidad, esos trabajadores reciben un salario mínimo equivalente al salario mínimo que gana el 50% de nuestros trabajadores; y mientras en China la política es ir incrementando esos ingresos en porcentajes mayores a la inflación con el fin de fortalecer la demanda interna, en nuestro país la voz de mando es “bajar el costo laboral para ser competitivos”.

Sin ignorar lo que significa vivir bajo el “despotismo oriental” reinante en China, no nos cansamos de señalar que, en los mismos cuarenta años, en Argentina se destruyó el polo industrial ferroviario, el polo industrial naviero; el polo industrial aeronáutico; el polo petrolero; fabricaciones militares; el sistema nacional de ferrocarriles; la flota mercante y fluvial; el sistema público de educación primaria y secundaria; se pagaron 480.000 millones de dólares en intereses de una deuda fraudulenta; se perdieron 300.000 millones de dólares en renta petrolera; se pagaron unos 100.000 millones de dólares en fletes por la destrucción de las flotas; y, a modo de ejemplo entre otros escándalos similares, se entregó Somisa al Grupo Techint por 130 millones de dólares, cuando estaba valuada en 3.000 millones. Sólo el 46% de los trabajadores están en blanco y con derechos sociales, el 54% -que ganan menos que el salario mínimo- están en negro o precarizados, mientras la pobreza e indigencia rondan el 35% de la población. Como una colonia del siglo XIX, exportamos a China soja y otros granos; aceites vegetales y animales; productos alimenticios con bajo valor agregado; animales vivos; tabaco; cueros y pieles. Mientras los precios de las commodities han bajado sensiblemente y se acabó el “viento de cola” importamos maquinaria y equipos de transporte junto a una amplia gama de manufacturas. Son datos que no deben ignorarse en un debate acerca de nuestro futuro: ninguna sociedad que no haya sufrido una guerra en su territorio, ha sido sometida a un nivel similar de destrucción. Tal vez en un tiempo no muy lejano podamos proclamar “Argentina se ha puesto de pie”.