Lo que hizo Trump
La orden ejecutiva 14.257 firmada el “Día de la liberación” ha llevado a la economía global a una nueva crisis global. Los aranceles establecidos el 2 de abril para las importaciones desde Estados Unidos abrieron a todos los países el abanico de conflictos que Trump venía agitando contra México, Canadá y China. A diferencia de la pandemia del Covid-19 el mundo presenció la posibilidad de una crisis abierta de forma deliberada por un presidente que recién comienza su mandato de cuatro años al frente de la principal potencia comercial, financiera y militar del mundo.
Las cotizaciones de las empresas, los bonos y el valor del dólar se deterioraron abruptamente de una forma que no había pasado en décadas de manera tan rápida. A diferencia de otras crisis cuando la moneda y los bonos estadounidenses eran reserva de valor en este caso demostraron estar en el centro de las caídas llevando al oro a tocar nuevos récords semana a semana. Muchas empresas norteamericanas cuyas acciones venían de tocar techos en una tendencia alcista sufrieron grandes caídas demostrando su alta vulnerabilidad ante las decisiones de Trump que buscaban alejarlas de los otros principales mercados del mundo.
Que la crisis tenga un alto impacto no significa que no estuviera anunciada. La perspectiva policía mundial de Trump y particularmente con las cuestiones comerciales están claras. Robert Lighthizer, quien fuera representante de comercio durante el primer gobierno de Trump, publicó en 2023 su libro No trade is free en el que deja en evidencia cual es la caracterización que el trumpismo tiene sobre este asunto y los desafíos abiertos para Estados Unidos si busca mantenerse como principal potencia global. Entre estos desafíos se destacan la necesidad de revertir el billonario déficit comercial acumulado en las últimas décadas, fortalecer las políticas industrialistas con un objetivo redistributivo que beneficie a la clase obrera norteamericana y asegurarse una ventaja estratégica en el plano militar y tecnológico. El libro del ideólogo de la guerra comercial ya anticipaba antes de la nueva llegada de Trump a la Casa Blanca el informe que el actual representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, presentó el último 29 de marzo para justificar la nueva política arancelaria.

Al igual que Margaret Thatcher ponía como mejor ejemplo del éxito de su programa económico neoliberal a Tony Blair en este caso Lighthizer señalaba que: “Nuestro éxito explica por qué la administración Biden ha continuado muchos de los cambios en la política comercial que comenzó el presidente Trump” (en su primer mandato). Los mejores ejemplos de esta continuidad en la administración demócrata fueron la imposición de aranceles al 100% para la importación de vehículos eléctricos desde China o las restricciones a la exportación de semiconductores de última generación.
La debilidad explícita de la política internacional de Trump apenas tardó 8 días en hacerse evidente cuando el 10 de mayo suspendió por 90 días los aumentos de aranceles por encima del 10% a 180 países exceptuando a China que mantiene el ridículo arancel del 125%. La última semana cuando ya había negociaciones abiertas con casi todos los países y bloques regionales el secretario del Tesoro, Scott Bessent, convocó a China a un “gran acuerdo” declarando que estos aranceles son “insostenibles”.
Más que un juego de halcones y palomas es preciso entender que las consecuencias del “día de la liberación que no fue” son trágicas para Estados Unidos y para la economía global en general. El último viernes el Fondo Monetario Internacional anunció una caída en la expectativa del crecimiento en 2025 en Estados Unidos del 2,7% al 1,8% y en el mundo del 1,9% al 1,4%. Mientras el Fondo Monetario Internacional proyecta una caída del 0,9% del crecimiento de EE.UU. a partir de las decisiones de Trump la caída de China alcanzaba el 0,6%.
Lo que China respondió
Las declaraciones de los funcionarios chinos se mantuvieron coherentes durante las últimas semanas: China está dispuesta a llevar la confrontación hasta las últimas consecuencias pero siempre está dispuesta al diálogo. El país asiático respondió con reciprocidad al aumento de aranceles al 125%, limitó la exportación de recursos estratégicos como tierras raras e impuso mayores controles comerciales a 18 empresas norteamericanas.
Una semana después del fallido “día de la liberación” la oficina del Departamento de Estado chino publicó un nuevo libro blanco respondiendo directamente a las falsas acusaciones norteamericanas y justificando las razones del enorme déficit comercial norteamericano. En el documento oficial se sostiene que por parte de China se han cumplido los acuerdos alcanzados en 2020 con el gobierno de Trump y que desde entonces: “El déficit comercial estadounidense ha aumentado a nivel mundial, mientras que la proporción atribuible a China ha disminuido”. Entre otros datos se destaca que China busca importar más pero que la falta de competitividad global del sector agrícola norteamericano (como en el caso de la soja o el arroz) o las trabas impuestas por el gobierno de Biden (como en el caso de los semiconductores) impiden reducir aún más el déficit.
También se advierte en el documento que mientras la inversión extranjera de EE.UU. en China alcanza a los 83.690 millones la inversión de China solo en bonos del tesoro norteamericano alcanza los 759.000. Este dato viene en sintonía con las noticias que destacan la tendencia del Estado chino a reducir su exposición ante la moneda norteamericana y que resaltan que un enorme potencial de daño está en sus manos.
Luego de numerosas reuniones con empresarios locales y extranjeros el gobierno chino tomó medidas para reducir daños en su economía más que en dar señales de negociación. Entre estas decisiones está la quita de aranceles para insumos estratégicos norteamericanos como semiconductores, productos químicos o medicamentos.
El documento cierra con un llamado al diálogo: «Las guerras comerciales no producen ganadores, y el proteccionismo conduce a un callejón sin salida. El éxito económico tanto de China como de Estados Unidos presenta oportunidades compartidas en lugar de amenazas mutuas». Tal como de ambos lados se reconoce el diálogo entre las principales potencias ya está abierto y luego de una desescalada más temprano que tarde una reunión entre Xi Jinping y Trump reformulara el comercio entre ambos países.
Y el mundo sigue girando…
El conflicto abierto desde la administración Trump tiene raíces profundas en la historia económica contemporánea. Los aranceles son un factor de impacto inmediato pero que tienen como trasfondo a las finanzas y a la moneda norteamericana, a las instituciones globales y a las disputas por los últimos avances tecnológicos. Luego del triunfo de Brexit en Reino Unido y de Trump en 2016 las reglas de la globalización prexistente entraron en crisis, la administración de la pandemia del Covid-19 y la guerra en Ucrania solo lo confirmaron.
Casi una década después de aquellos hitos claramente China ha continuado aumentando su protagonismo global en todos los planos mientras que lo contrario puede decirse de EE.UU. Simultáneamente las instituciones que entraron en crisis no han logrado dar respuestas a los desafíos contemporáneos, pero tampoco han desaparecido. El riesgo que supone actualmente la escalada de conflictos abierta para Trump es fortalecer todo aquello que no logra desarmar de la globalización prexistente, pero en un escenario en el cual la capacidad proporcional de influencia de su país es más reducida.
Esto no significa que Estados Unidos y principalmente sus capitales sigan el camino del éxito o el fracaso de la propuesta trumpista. La crisis que enfrentan empresas como Nike, Apple o Tesla o que el mismo Elon Musk anuncie que estará menos en Washington demuestran que los intereses de las élites no están alineados con ir a fondo con los enfrentamientos que propone el líder republicano. El futuro de la disputa tecnológica que tiene como protagonistas a empresas norteamericanas que producen semiconductores como Qualcomm o Nvidia que ven en estas decisiones más opresión que liberación es otro ejemplo.

Además de necesitar un apoyo de las élites que Trump no cuenta para terminar con las reglas e instituciones globales que predominaron durante las últimas décadas es preciso decir que tiene pocos aliados. En Europa luego del Brexit las retoricas rupturistas de las ultra-derechistas en contra de la institucionalidad regional mermaron sustantivamente. Un ejemplo de ello es la primera ministra de Italia Giorgia Meloni que pasó de ser considerada una amenaza para la Unión Europea a convertirse en su representante para negociar con el presidente de EE.UU. durante la crisis arancelaria actual.
Los diálogos abiertos entre Corea del Sur, Japón y China para reformar acuerdos comerciales y la reciente gira de Xi Jinping (con firma de acuerdos mediante) por Vietnam, Malasia y Camboya demuestran que el proyecto trumpista goza de adversarios deliberados en el continente asiático y lleva a alianzas impensadas décadas atrás. El panorama político latinoamericano muestra también lo limitado de las alianzas de Trump al reducirlas a Milei y a Bukele.
De la misma manera se debe entender que el gobierno chino ya no se sorprende con estos ataques. Aunque los padezca parcialmente le sirven para demostrar una gran capacidad de resiliencia y para focalizar más agresivamente en sus objetivos estratégicos como los avances en el desarrollo de la inteligencia artificial, reducir niveles de dependencia externa o multiplicar alianzas globales.
Antes uno podía espantarse o apoyar entusiastamente las decisiones de Trump, analizar o padecer sus consecuencias y anunciar que la crisis de los acuerdos previos dejaba atrás un tipo de globalización que no existiría más. Ahora el mundo sigue girando y aquello que Trump no mata cuando golpea es posible que se fortalezca.
Es Profesor y licenciado en Filosofía (UBA), ha realizado estudios de posgrados sobre comunicación política y es Especialista en Estudios en China Contemporánea (UNLA).
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