La China de las mil caras
Foto: McPRO
El mundo chino es mirado desde una gran diversidad de perspectivas. No estamos ante un fenómeno novedoso: la historia del pensamiento occidental marca una gran pluralidad de miradas sobre China. En este artículo recordamos algunas de ellas.

Todos los días estamos expuestos a noticias del ámbito internacional que involucran a China, basta alzar un periódico y abrir sus páginas, ver las noticias por televisión, la radio o tan solo echar un vistazo a las redes sociales. Lo que primero notamos es que a través de los distintos medios se construyen diferentes imágenes sobre el gigante asiático, las cuales, en ocasiones, transitan de un modo imperceptible entre sus receptores.

En la actualidad podemos ver a China como amenaza en el marco de la guerra comercial sino-estadounidense, pasando por una “China de ascenso pacifico” o la “China benévola” a través de su diplomacia de las mascarillas. Observamos distintas imágenes  en torno a un mismo país.

La teoría de las relaciones internacionales brinda su aporte mediante el constructivismo. Según este enfoque, son los valores, las creencias, las imágenes y normas las que influyen en la visión del sistema internacional así como en la identidad de los Estados que la conforman.

Las imágenes de China no son nuevas. Una revisión por la historia de Europa permite vislumbrar cómo a través de las teorizaciones efectuadas por viajeros y filósofos, se fueron construyendo distintos esquemas conceptuales y de valores que configuraron la mirada que se tenía sobre China.

Una de las primeras pertenece al viajero y mercader veneciano Marco Polo y su expedición a China en el siglo XIII. En su obra  Descripción del Mundo, también conocida como “Il Miglione” o  “Los viajes de Marco Polo” describe una China de abundancia y al mismo tiempo de asombro ante las grandes ciudades, los ríos, puentes, las maravillas de la arquitectura, el uso del carbón, entre otros. Resulta interesante y constituye una incógnita ciertas omisiones que realiza entre sus descripciones como la Gran Muralla, el té o el sistema de escritura.

De la mano de los jesuitas y sus misiones de evangelización durante los siglos XVI y XVII llegaría una China culta, gobernada por hombres letrados, y atravesada por las enseñanzas de Confucio. Al mismo tiempo, esta mirada convive con una visión de una “China agnóstica”  que provocaba horror y rechazo en los misioneros de la Iglesia al igual que la presencia del budismo y del taoísmo.

La Ilustración (S.XVIII)  abrió una nueva era en la relación de Europa y China, marcada por una mirada apreciativa y optimista hacia esta última. Se veían a una China en la que los pensadores europeos pondrían en ella sus más profundos anhelos sobre el tipo de civilización que tanto deseaban, estableciendo una “China  de  fantasía” por las proyecciones sobre ella.

Adam Smith por ejemplo, veía en China un país que había alcanzado la madurez económica con plena ocupación de su territorio y utilización de su capital. Coloca entonces a este país como un ejemplo al haber alcanzado lo que denomina “el curso natural de las cosas o  “el progreso natural de la opulencia”. Cabe mencionar que Smith se muestra con reservas al criticar el rol relegado que China asigna al comercio exterior.

En un camino mucho más sinófilo encontramos otros filósofos como Leibniz o Voltaire. El primero, considerado uno de los últimos genios de la modernidad por sus múltiples contribuciones en variados campos como la física, la matemática, la geología, la historia, etc. dedicó a China dos obras: Novissima Sinica y Discurso sobre la teología natural de los chinos. Leibniz había quedado maravillado exaltando las virtudes de esta civilización, la grandeza del Emperador, sus aportes en ramas del conocimiento como la filosofía practica y su espiritualidad. Voltaire (Francois Marie Arouet) en su “Ensayo sobre las costumbres y  el espíritu de las naciones” busca despegarse de las críticas de los misioneros jesuitas y resalta el uso de la moral y de la razón para criticar su propia civilización occidental, marcada por el cristianismo dogmático.

Despegándose de esta mirada bondadosa, otros pensadores comienzan a adoptar un espíritu más crítico y reflexivo. Es el caso de Montesquieu, que en su obra El espíritu de las leyes realiza una crítica más audaz, apuntando a China como un gobierno despótico, lo contrario a la democracia que Francia y también Europa debían seguir. Se presenta así la dicotomía democracia-despotismo.

Más aun, Hegel y Marx  encarnarían dos de las grandes críticas más reaccionarias.  Para Hegel, los chinos son bondadosos pero infantiles, están inclinados al robo y al engaño. Se trata de un pueblo “menor de edad”, que no ha desarrollado el proceso de subjetividad, esto es la construcción del individuo como tal, en cuanto a su autonomía, reflexión y voluntad personal. El Estado lo concentra todo y más particularmente la figura del emperador, alrededor de quien gira todo.

Marx finalmente considera -al igual que Hegel- que la historia es un proceso y a esto agrega el carácter del conflicto. La historia es un proceso de lucha, de opresión de un sector sobre otro que conlleva a la emancipación a través de la acción revolucionaria del colectivo. Por otro lado, las sociedades orientales (India, China, los árabes, etc) son despóticas debido a las condiciones geográficas (zonas  vastas y áridas) y la necesidad de un Estado fuerte  para asegurar con éxito el modo de producción agrícola sobre el cual se sustentaban. Para Marx la colonización es algo bueno y hasta deseable, porque es la única forma de liberar a estas sociedades del despotismo y el atraso. Oriente no es más que “materia prima humana” en palabras del crítico Ziauddin Sardar.

En realidad, aunque en la academia tradicionalmente pasa desapercibido, China ha estado presente en los grandes filósofos y pensadores europeos más de lo que habitualmente podríamos imaginar, basta con observar la diversidad de autores y los capítulos o libros dedicados tan solo a este país.

¿Y en la actualidad? ¿Que podemos decir de China? Más allá de las imágenes ya mencionadas al principio, China continua manteniendo rostros que no podemos olvidar: la “China exótica”, por sus costumbres y tradiciones culturales que desde épocas antiguas han maravillado a occidentales, la “China del progreso”  por sus constantes avances científicos y tecnológicos, la “China del fake and  low cost”, por su producción a bajo costo, sus innumerables imitaciones y la baja calidad de sus manufacturas (una visión muy popular durante la década de los ’90). Por último, se puede mencionar a la “China de la inmigración” por las grandes comunidades chinas que  habitan en cientos de países llevando a cada rincón un poco su madre patria.

De este modo, China ha estado presente ante nuestros ojos atenta a las percepciones que hemos construido de ella y en base a las cuales hemos logrado vincularnos. Se trata de un país que siempre tendrá algo por mostrar.