Los problemas del realismo periférico entre Argentina y China
El vínculo estratégico entre Argentina y China merece ser pensado de manera problemática a partir de la teoría del realismo periférico formulada por Carlos Escudé en la últimas décadas.

¿Deng Xiaoping como ejemplo para Argentina?

Carlos Escudé fue el teórico del realismo periférico que sirvió para enmarcar algunas de las principales políticas internacionales de argentina durante las últimas décadas. El asesor de ex canciller Di Tella es recordado por su apoyo a la política internacional del menemismo en la década del 90´. En su libro de 2012 Principios de realismo periférico. Una teoría argentina ante el ascenso de China, Escudé le atribuye a Deng Xiaoping haber aplicado el realismo periférico para lograr el ascenso del protagonismo chino a escala global (Escudé, 2012).

Lo curioso es que el mismo Escudé terminó comparando el proceso político y económico que llevaba a cabo Argentina con la Reforma y Apertura impulsada desde 1978 por Deng Xiaoping en su país. La apertura a tener buenas relaciones con las potencias triunfantes de la guerra fría a pesar de los conflictos históricos guiaban ambos procesos. Lo que Escudé resalta, a diferencia de China, es que en Argentina no falló la política internacional sino la reforma y modernización económica liderada por funcionarios como Domingo Cavallo.

¿En qué consiste el realismo periférico que permite asimilar procesos con resultados disímiles? En qué ningún país periférico que aspire a tener mayor protagonismo global y beneficiarse de sus consecuencias lo puede hacer enfrentando al sistema internacional y a sus principales potencias (que son aquellas que forman parte del Consejo de Seguridad de la ONU). Su tesis se resumen en la idea de que: “cuanto más débil es un país, más bajo es el umbral de autonomía externa a partir del cual la libertad de los ciudadanos debe forzosamente disminuir”.

La filosofía política del realismo periférico considera que una verdadera democracia internacional es imposible mientras persistan las desigualdades. Hay un rechazo intrínseco a la utopía kantiana de un régimen mundial cosmopolita que regule las decisiones haciendo hincapié en el carácter decisivo de los intereses concretos y locales de cada estado y sus ciudadanos.

El mundo estaría así dividido entre tres clasificaciones de estados: estados hacedores de normas (rulemakers), estados  tomadores de normas (ruletakers) como Argentina y estados parias o rebeldes. Un punto importante es que estos lugares no están predeterminados y para eso toma los ejemplos de países que Escudé considera que se transformaron en hacedores de reglas luego de décadas de no serlo como los casos de Japón o Alemania.

Libro “Principios de realismo periférico. Una teoría argentina y su vigencia ante el ascenso de China” de Carlos Escudé. Publicado en 2012 por la editorial Lumiere.

Bajo la premisa de que la política internacional evite daños a la ciudadanía el realismo periférico asume que es necesario respetar el orden internacional y avanzar progresivamente hacia mayores niveles de autonomía. Los países periféricos tienen permanentemente una balanza en la que cuanta más libertad tienen en sus decisiones internacionales sin lograr avances en su autonomía más padecen sus ciudadanos. Un ejemplo de ello sería Corea del Norte que puede desarrollar una bomba nuclear, desafiar a potencias mundiales, pero todo eso a costa de que sus ciudadanos sufran las consecuencias del bloqueo externo.

El caso de China demuestra relativamente las principales tesis del realismo periférico. Como punto a favor se puede destacar que China acepto las principales reglas internacionales en diversas áreas durante las últimas décadas y eso le permitió crecer en su protagonismo transformándose en uno de los hacedores de reglas globales. Mientras que como punto negativo esa lectura focalizada en el proceso de Reforma y Apertura pareciera no tener en cuenta que la República Popular China logra tener las actuales dimensiones territoriales y demográficas (claves en su actual protagonismo) o su misma presencia en la ONU luego de haber desafiado como ningún otro estado a las dos principales potencias mundiales durante la guerra fría. Por estas últimas razones ligadas al singular éxito de la estrategia China, proponer la posibilidad de que Argentina imité su camino es poco serio.

¿Cambiamos a EE.UU. por China?

El realismo periférico que propone Escudé parte del supuesto de que la política exterior debe servir a los ciudadanos facilitando el desarrollo socio-económico. Por esta razón se justificaba en los 90´ tener buenas relaciones con potencias como EE.UU. mientras esta relación no vaya en desmedro de los ciudadanos. Pero el gran cambio del realismo periférico de Escudé en sus últimos años de vida llegaría con la evidencia de que China se transformaría en la gran potencia del siglo XXI. En este caso los principios adoptados con EE.UU. en las décadas precedentes debían ahora adoptarse respecto a China. En sus conclusiones sobre esta relación estratégica Escudé señalaba:

“Por ser culturalmente más lejana, probablemente haya menos latinoamericanos que se enamoren de China que de Estados Unidos (que siempre fue objeto de la admiración de las derechas neoliberales de la región). Pero concomitantemente, China generará menos resistencias que Estados Unidos en los sectores “nacionales y populares” de nuestras ciudadanías. Por lo tanto la relación con la superpotencia asiática engendrará menos pasiones, aumentando la factibilidad de instrumentar un verdadero realismo periférico hacia ella.”

El realismo periférico, en la última versión de Escudé, es una herramienta teórica útil para identificar la importancia estratégica de la relación de Argentina con China. Pero tiene el déficit de asimilar la relación con China a la que en el pasado y aún en el presente se mantiene con EE.UU. Más allá de las diferencias conocidas entre ambas potencias que acercan a China y Argentina como víctimas de las opresiones imperiales durante los últimos siglos, es preciso resaltar que Argentina se encuentra ante una oportunidad inédita en su historia a la hora de construir su relación con una gran potencia. Para beneficiarnos de esta relación  hace falta un cambio en nuestra cosmovisión del mundo impregnada por nuestra cultura eurocéntrica que permita comprender los intereses chinos y construir las condiciones que permitan proyectar un camino en el cual Argentina abandone su condición periférica para identificar sus propios intereses.

La virtud del realismo periférico es identificar al interés nacional por sobre las preferencias culturales e ideológicas a la hora de planificar las relaciones internacionales. Tener en cuenta los intereses nacionales en un país “periférico” supone aplicar todo el tiempo un inteligente análisis de las correlaciones de fuerzas en función de las necesidad de la población de tu país. Pero si bien es cierto que hay hacedores y tomadores de reglas el ascenso del protagonismo de China no se da en un contexto global armónico en el cual un nuevo actor se incorpora a la mesa de las potencias silenciosamente. Por eso no es casual que en los últimos años la presencia china en los países periféricos se encuentre plagada de ataques y cuestionamientos desde EE.UU. y desde sectores de las élites locales.

A pesar de que se intente darle un enfoque estrictamente realista a la relación entre un país periférico -y con múltiples crisis- como Argentina y una potencia en ascenso como China, si el curso global lleva a una confrontación viralizada desde EE.UU. es inevitable que los intereses se tiñan de un juego sobre cálculos futuros y cosmovisiones ideológicas sobre el destino del país. Es peligroso confundir entre asumir el realismo de una relación inteligente entre dos potencias con la parálisis por no asumir los costos de aprovecharse de una relación que puede ser evidentemente más beneficiosa. La subordinación del interés nacional por el respeto a lealtades internacionales es ajena a cualquier tipo de realismo al igual que las confrontaciones permanentes. No se trata simplemente de cambiar a Estados Unidos por China, sino de cambiar la forma en que  Argentina piensa sus relaciones con el mundo y la manera en la que ella se piensa “en” el futuro del mismo.

¿Hasta cuándo son realistas las élites locales?

El apoyo de Trump al gobierno de Macri –a pesar de que sus funcionarios expresaran su apoyo por los demócratas en 2016- habilitando el préstamo más grande de la historia del Fondo Monetaria Internacional demuestra el compromiso orgánico de las élites argentinas con EE.UU. Los intereses que ligan el enorme crecimiento de la rentabilidad de sectores de la agroindustria en las últimas décadas a las importaciones de China no llegan a deconstruir una historia y una cultura (reforzada en la década del 90´) de alineamiento con los gobiernos norteamericanos en desmedro de los intereses nacionales.

Trump recibe a Macri en la Casa Blanca en noviembre de 2018 luego de recibir el prestamos más grande de la historia del FMI. Fuente: Télam

Las élites argentinas tampoco se caracterizan explícitamente por una sinofobia, pues también resaltan las enormes oportunidades de negocios que China abre para múltiples sectores de la economía local. El actual orden internacional les permite defender sus intereses ligados a China sin cuestionar sus cosmovisiones del mundo alejadas de la cultura, la política y las iniciativas internacionales de ese país. El problema con estas élites es cuando en función del desarrollo productivo, científico y tecnológico de Argentina se busca establecer una relación con China que se aleje de sus intereses inmediatos. No es casual que estos sectores sean los que cuestionen los intereses de China o Argentina cuando se habla de impulsar la conectividad 5G, acuerdos de investigación espacial o antártica y en el creación de centrales nucleares pero no tengan la menor vacilación en aceptar que ese país sea el principal destino de las exportaciones de porotos de soja, cebada o carne.

Esta situación obliga a replantear con qué actores se debe llevar adelante la relación con China teniendo como prioridad la defensa de los intereses nacionales. Asumir que los actores sociales más estructuralmente ligados a China son sectores poco comprometidos con el desarrollo nacional y la justicia social puede ser un punto de partida para plantear la necesidad de incorporar a otros actores sociales en esta relación estratégica.

El realismo periférico, actualizado por Escudé en sus últimos años de vida es de una gran utilidad -más allá de sus aciertos y errores- para pensar la relación de Argentina con China. Su capacidad para abrir debates es inmensa.