Milei y China: la fábula de la perla y el cofre.

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Una antigua fábula china, escrita por el filósofo legalista Han Feizi ( 韩非, c. 280–233 a. C.) durante el periodo de los Reinos Combatientes en la antigua China,  cuenta que un comerciante colocó una perla de un valor incalculable dentro de un cofre ornamentado en forma magnífica. El comprador quedó tan fascinado por el envoltorio, hecho a mano con la madera más fina, bronce reluciente y terciopelo rojo, que decidió conservar el cofre y devolver la perla. La expresión mǎi dú huán zhū 买椟还珠 quedó como metáfora de quien confunde lo accesorio con lo verdaderamente valioso.

En este artículo veremos como la política exterior del gobierno de Javier Milei hacia China, en términos económicos, encierra una paradoja análoga a la de la fábula.

El último episodio ocurrido en Neuquén nos disparó la reflexión. CALF, la histórica cooperativa que presta el servicio de distribución eléctrica en la capital provincial, avanzó en abril de 2026 en una alianza con Huawei para incorporar redes inteligentes, conectividad y desarrollar un datacenter regional. No se trata de cualquier territorio: Neuquén es el corazón de Vaca Muerta y uno de los centros de la proyección energética argentina. Meses después, directivos de la cooperativa denunciaron presiones de la Embajada estadounidense, incluyendo advertencias sobre posibles restricciones de visas a EEUU por su relación con Huawei. Washington alegó razones de seguridad nacional para tal intromisión; mientras que China denunció una intromisión sobre relaciones comerciales legítimas (El País, 2026).

CALF no retrocedió, la oposición política al gobierno sumó sus protestas y las negociaciones con Huawei prosiguen. (Página 12, 2026) El dato es políticamente interesante porque muestra que el alineamiento internacional del gobierno de Milei con Estados Unidos no alcanza para ordenar el conjunto de las relaciones económicas argentinas con China. Provincias, empresas, cooperativas e incluso el propio Estado nacional continúan necesitando a Beijing.

El episodio tampoco puede separarse de una nueva estrategia hemisférica estadounidense. En marzo de 2026, Milei participó junto a Donald Trump de la cumbre Shield of the Americas. El propio Gobierno argentino definió la iniciativa como una coalición destinada, entre otros objetivos, a frenar la “interferencia extranjera” en el hemisferio (Presidencia de la Nación, 2026). Esta orientación se inscribe en una tradición de política hemisférica que combina presión diplomática, instrumentos financieros, sanciones y poder militar, visible históricamente en el bloqueo contra Cuba, la intervención sobre Venezuela y el peso del FMI sobre las economías latinoamericanas. En 2025, el organismo aprobó para Argentina un nuevo acuerdo por US$20.000 millones, llevando el total adeudado a más de 58 mil millones (International Monetary Fund, 2025).

China propone formalmente otra concepción. En la IV Reunión Ministerial China-CELAC de 2025, Xi Jinping volvió a plantear la construcción de una comunidad de futuro compartido China-América Latina y el Caribe, basada discursivamente en igualdad, beneficio mutuo, desarrollo y cooperación. El tercer Documento de Política de China hacia América Latina y el Caribe profundizó esa orientación a fines de 2025 (Ministry of Foreign Affairs of the People’s Republic of China, 2025; Xi, 2025). Esto no significa que Beijing carezca de intereses nacionales ni que el vínculo sea automáticamente beneficioso para Argentina. Al contrario: China negocia según sus intereses. La cuestión fundamental es qué estrategia despliega Argentina para defender los propios.

La paradoja de Milei

Los números muestran un resultado sorprendente y explican, en parte, la agresividad con la que se manejó la embajada de los EEUU. El alineamiento político con Washington no produjo un desacople económico respecto de China. Entre 2023 y 2025 las exportaciones argentinas hacia el gigante asiático crecieron con fuerza pero también aumentaron las importaciones. En 2025 China volvió a ocupar un lugar central entre los socios comerciales argentinos y el intercambio mantuvo un importante déficit para nuestro país (INDEC, 2026, Perfil 2026). Lo verdaderamente llamativo ocurre cuando incorporamos los números de la inversión China en nuestro país.

Según el Monitor de la OFDI China en América Latina y el Caribe 2026, Argentina recibió US$1.584 millones de inversión directa china en 2023. En 2024 fueron apenas US$633 millones y en 2025, US$458 millones. Es una caída superior al 70% entre 2023 y 2025 (Dussel Peters, 2026).

La comparación histórica refuerza el contraste. La OFDI china promedió aproximadamente US$2.084 millones anuales entre 2010 y 2014, US$608 millones entre 2015 y 2019 y US$2.620 millones entre 2020 y 2023. Durante 2024-2025, los dos primeros años completos del gobierno de Milei, el promedio se desplomó hasta aproximadamente US$546 millones anuales.

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La relación con China, entonces, no desapareció. Lo que disminuyó drásticamente fue la inversión directa, lo más valioso: la perla.

El cofre y la perla

El comercio en nuestra versión de la fábula representa el cofre. Argentina vende a China fundamentalmente recursos naturales y manufacturas basadas en ellos, mientras importa una canasta de mayor complejidad industrial: maquinaria, electrónica, bienes de capital, insumos y manufacturas. Este patrón no nació con Milei. Es una característica estructural del vínculo que Argentina no consiguió revertir durante las últimas décadas.

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Pero bajo el actual Gobierno aparece una particularidad: mientras el comercio continúa funcionando, se debilitan algunas de las dimensiones del vínculo con mayor potencial para transformar la estructura productiva.

Atucha III es el ejemplo paradigmático. El proyecto acordado con China contemplaba aproximadamente US$8.400 millones de inversión, 1.200 MW de potencia, unos 7.000 empleos directos durante el pico de construcción y alrededor de 40% de participación de proveedores nacionales. Pese a todos estos beneficios en términos estructurales y de desarrollo, no  avanzó (Infocielo, 2026).

En cambio, aquello que Argentina necesita para sostener su estabilidad financiera permaneció. El swap con el Banco Popular de China, vigente desde 2009 y ampliado posteriormente hasta RMB 130.000 millones, sobrevivió al cambio de orientación política. Argentina puede alinearse diplomáticamente con Washington, pero no puede prescindir fácilmente de la relación económica y financiera con Beijing.

La paradoja es evidente: más intercambio comercial con China, pero mucha menos inversión que impacta en aspectos fundamentales del desarrollo del país. 

Esto no significa que toda inversión china implique desarrollo. Una OFDI concentrada exclusivamente en extracción de litio, cobre o hidrocarburos puede reproducir la misma especialización periférica. La verdadera perla es la inversión asociada a infraestructura, industria, energía, transferencia tecnológica, proveedores nacionales y escalamiento dentro de las cadenas de valor.

La política ultraliberal y prooccidental de Milei puede resultar, paradójicamente, funcional a los intereses económicos chinos. El RIGI, la apertura importadora y una estrategia basada en atraer capital ofreciendo recursos naturales pueden facilitar a China acceso a minerales, energía y alimentos y, simultáneamente, ampliar el mercado argentino para sus manufacturas. Beijing no necesita asumir por sí mismo compromisos de industrialización o transferencia tecnológica si Argentina no los convierte en parte de su estrategia negociadora. China no tiene la obligación de desarrollar a la Argentina sí además el vínculo le reporta beneficios. Esa responsabilidad es nuestra.

La discusión económica nacional suele reducirse a una oposición entre redistribución del ingreso y mayor actividad económica con riesgo inflacionario o déficit fiscal cero y estabilidad macroeconómica con menos actividad, más desigualdad y pobreza. El dilema fundamental es más profundo: qué estrategia de desarrollo permitirá modificar la inserción argentina en la economía mundial.

La redistribución resulta indispensable para enfrentar una pobreza que afecta a millones de argentinos, pero solo puede sostenerse sobre una economía capaz de generar divisas, empleo y productividad. Eso exige infraestructura, diversificación energética, industrialización de los recursos naturales, desarrollo científico-tecnológico y ascenso en las cadenas globales de valor.

En esa estrategia —y no en una apertura pasiva— China puede ser un aliado extraordinariamente importante. Su necesidad de alimentos, minerales y energía y su capacidad financiera, industrial y tecnológica otorgan a Argentina herramientas de negociación excepcionales. La autonomía estratégica consiste en utilizarlas.

Milei no rompió la dependencia económica respecto de China. El comercio permanece, las importaciones crecen y hasta el respaldo financiero chino sigue siendo necesario. Lo que se redujo drásticamente es la inversión directa y quedaron relegados proyectos capaces de aportar infraestructura y capacidades tecnológicas.

La vieja fábula china ofrece entonces una metáfora inesperadamente precisa. El intercambio comercial es el cofre: atractivo, útil y cada vez más grande. La perla es utilizar esa relación para transformar la estructura productiva argentina y crecer a la par que se fortalece la soberanía y el márgen geopolítico. Milei decidió quedarse con el cofre y devolver la perla.

 

 

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Es Profesor de Historia egresado de la UBA, docente en distintos niveles educativos y maestrando en Políticas de Vinculación con China por la UNPAZ. Trabaja en la Fundación por el Desarrollo Humano Integral. Es papá de Malena.

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