¿Qué es “ser masculino” en China?
Foto: Jing Daily illustration
Los cambios de las últimas décadas en el gigante asiático habilitaron nuevas formas de identidades masculinas. ¿Cómo reacciona la sociedad y el gobierno chino ante estos cambios?

Recientemente la noticia de que China busca promover una generación de jóvenes más “masculinos” se difundió rápidamente por las redes. Esto generó una polémica en torno a dicha medida del gobierno pero ¿qué es exactamente la masculinidad? Pensar este concepto, sus transformaciones y su particularidad en el caso chino es crucial para entender lo que sucede en el gigante asiático.

En China la masculinidad se compone de elementos como el cuerpo y su apariencia, el comportamiento y la percepción que los demás poseen del individuo. En este sentido, podemos hablar de una masculinidad “estándar” o hegemónica, caracterizada por  la fuerza física. Es la fuerza o el vigor lo que caracteriza al varón y esto se traslada directamente a su cuerpo pero también a su carácter.  De esta manera, se define de modo opuesto a la mujer, es decir,  el hombre no debe tener un cuerpo delgado ni delicado, por el contrario, está sometido a la exigencia constante de un entrenamiento  para fortalecerlo al máximo. Y tampoco debe mostrarse demasiado afectivo o emocional ya que esto se asocia a lo femenino. Así se construye el ideal de masculinidad al que está sujeto la gran mayoría de los varones bajo el actual ordenamiento social.

Sin embargo, en las últimas décadas, esta idea de masculinidad comienza a mostrar críticas y resistencias y son estas grietas las que permiten hablar de una “crisis de la masculinidad”. Aparecen entonces formas de masculinidad alternativas, que demuestran una liberación frente a la  opresión constante sobre el cuerpo y la identidad del varón.

Según Kam Louie, profesor de estudios chinos de la Universidad Nacional de Australia, el ideal de masculinidad en la antigua China se resumía en el concepto de “wen – wu”, donde “wen” refiere al desarrollo del intelecto y  la cultura mientas que  “wu” indica las habilidades marciales o militares del varón.  En esta dicotomía  hay una predilección por el “wen” sobre el “wu”, aunque ambos debían estar presentes en lo posible.

Con el correr del tiempo, el periodo republicano cambió esta situación.  La imagen del varón  “padre de familia- trabajador- heterosexual” comienza a imponerse y el semi- colonialismo juega un rol clave en esto al haber influenciado sobre el modelo de masculinidad  que debía prevalecer. En otros países de Asia todavía se conservan leyes que penan la homosexualidad que datan de la época colonial (como se evidencia en el caso de Singapur).

Una breve mención merece  la percepción occidental construida sobre la masculinidad china.  Siguiendo a la antropóloga e investigadora Norma Fuller, existen dos cualidades definitorias de lo masculino: la fuerza y los órganos sexuales.  Y estas cualidades son las que, desde un imaginario occidental, se encuentran en desventaja provocando una imagen de  “inferiorizacion”.  El varón asiático, entre ellos el chino, es visto como débil, pasivo y  delicado en su comportamiento (ausencia de la cualidad de fuerza). Low Louie, en su estudio de la comunidad asiática de Estados Unidos, sostiene que los varones asiáticos sufren una “des-masculinización” mediante estereotipos y reforzado por una imagen de un trabajador afeminado, dado ciertas labores como jardinería o lavandería (asociado a mujeres). Por otro lado,  dada la  percepción negativa sobre la longitud natural del miembro viril del varón asiático promedio, nos encontramos ante una disminución de la segunda cualidad masculina (órganos sexuales).

Pasada la mitad del siglo XX, el proceso de apertura y los cambios en materia de economía implementados, se provocaría una prosperidad con un mejoramiento progresivo de las condiciones de vida del ciudadano chino promedio. En este contexto, el estilo de vida occidental comienza de a poco a filtrarse así como las tendencias en moda y entretenimiento de todo el mundo.

De la mano del K-pop y los K–drama de Corea del Sur, surge una nueva forma de masculinidad que trasciende las fronteras, la llamada “masculinidad suave”, que, desde una consideración occidental, podría emparentarse con una masculinidad “feminizada”. Se trata de hombres con una gran atención a su estética, con un amplio uso de maquillaje, cirugías y cuidados de su aspecto físico integral. Algunos aspectos de la imagen masculina occidental (como la presencia de una musculatura prominente o la presencia de la barba) desaparecen o son vistos como una moda antigua. La imagen del varón ideal  que se construye entonces es de alguien alto, contextura delgada, pulcro,  vestido a la moda y con una belleza facial impecable. El rol de las empresas de cosmética no es menor aquí, ya que sus ganancias se han visto en expansión al aumentar el nicho de mercado asiático producto de la inclusión de los varones.

No obstante, las reacciones más conservadoras o tradicionalistas se manifestaron en dos ángulos: el sector civil y el gobierno. El movimiento “Saving our boys” es una muestra de la disconformidad de algunos ciudadanos chinos, entre ellos académicos, ante la supuesta “feminización” y falta de temperamento que padecerían los varones de su país. Por otro lado, el gobierno fue noticia recientemente por la prensa internacional ante el anuncio del deseo de formar varones más “masculinos”, lo que desató diferentes reacciones desde curiosidad hasta críticas y sospechas. Además, entre los blancos de ataque por la “boy crisis” se apunta, entre otras cosas, a las famosas series y dramas chinos, lo que hace pensar que los medios tendrían algo de “culpa” dentro de estas acusaciones.

¿Lograra entonces el gobierno poner en práctica un plan concreto para lograr su objetivo? ¿O solo estamos ante otra noticia que se perderá en el tiempo?  Lo que queda claro es que el gobierno chino hasta nuestros días aún tiene una deuda pendiente en el respeto de la identidad del individuo y algunos de sus aspectos más íntimos y esenciales, como su orientación sexual o la forma de ver y sentir su masculinidad (o femineidad). En definitiva, esto es,  tener una libertad plena de sus cuerpos.