¿Qué mundo viene después del Covid-19?
Foto: Google Earth VIew
El ascenso estratégico de China y las transformaciones en el escenario internacional actual merecen una profunda reflexión. ¿Cuáles son las oportunidades para América Latina?

La pandemia de Covid-19 nos permitió no solo observar los cambios estructurales que vienen produciéndose en el escenario mundial contemporáneo desde hace varias décadas, sino que también aceleró los procesos geopolíticos que afectarán a las próximas generaciones venideras. El Covid-19 marcará, seguramente, un antes y un después en mucho aspectos de nuestra vida cotidiana, pero en lo que a relaciones de poder internacional de refiere, no desató nada nuevo, sino que aceleró procesos que ya venían produciéndose desde hace, por lo menos, veinte años.

La llamada “unipolaridad” que caracterizó el sistema internacional luego de la “caída” de la Unión Soviética en 1991, y la imposición a sangre y fuego del Consenso de Washington, entró en crisis más rápidamente de lo que preveía. El intelectual neoliberal Francis Fukuyama nos habló del “fin de la historia”, historia que no solo no terminó, sino que desencadenó nuevos procesos y conflictos tanto al interior de las potencias centrales como en el propio Sur global.

El proceso de transnacionalización de sus principales empresas, que dejaron Estados Unidos para irse a producir a otros lugares del mundo mucho más rentables, sumado al creciente proceso de financiarización de su economía (esto significa que es más rentable poner el dinero en la especulación financiera que en la producción real), entre otros procesos, colaboraron con la crisis de la economía norteamericana. El profundo “debate” entre las fracciones demócratas (tendientes a profundizar la globalización y la multilateralidad en el sistema internacional) y las fracciones republicanas (los “halcones” continentalistas, que pugnan por conservar la unipolaridad norteamericana), es una expresión de este proceso.

A su vez, esta fractura al interior del establishment norteamericano, con “la caída” de las Torres Gemelas y la crisis financiera global de por medio, habilitó las condiciones para que nuevos actores subordinados en el escenario internacional actual reclamen por la conformación de otro orden mundial. Es en este contexto que (re) emerge la República Popular China como nueva potencia económica, pero también Rusia, la India, Sudáfrica y, en Nuestra América, los procesos de regionalismo autónomo que desembocaron en la creación de la UNASUR, la CELAC y el ALBA.

Con la crisis de la “unipolaridad”, se terminó también la “hegemonía norteamericana” a nivel global, es decir, la capacidad de los Estados Unidos no solo de ser dominante en el plano económicos (por el tamaño de su PBI), sino de tener la capacidad de ejercer el “liderazgo” y el poder en el sistema internacional.

La aceleración de los procesos geopolíticos a partir del COVID-19

En este contexto, el Covid-19 catalizó esta situación geopolítica, profundizando un proceso de reconfiguración hegemónica y de crisis económica, financiera, política y social del orden mundial, una crisis “sistémica” o “civilizatoria”. Una crisis del sistema capitalista tal y como lo planteó la globalización financiera neoliberal, y una crisis de la civilización, en tanto el modelo de producción capitalista contemporáneo, la cultura del descarte y la obsolescencia programada ponen en crisis la capacidad de autorreproducción de la naturaleza y, en consecuencia, la del ser humano mismo.

Estos “nuevos” actores protagonistas en el escenario internacional plantean la exigencia de un cambio en el centro de gravedad del poder mundial, desde el occidente hacia el oriente y desde el norte hacia el sur. Aunque algunos analistas plantean el peligro de un “nuevo unipolarismo” con centro en China, también es necesario aclarar que ni por capacidad militar (EE.UU. gasta más del triple que China en el ámbito militar), ni siquiera aún por capacidad económica (el PBI nominal estadounidense es todavía muy superior al de China), ni por hegemonía económica (el dólar estadounidense es por lejos la moneda más utilizada para el intercambio internacional), o por capacidades en el plano de lo ideológico-cultural, la República Popular China no está en condiciones de alcanzar el umbral de poder necesario para desplazar a Estados Unidos como único polo de poder, y quizás nunca lo esté. Ya sea porque no le den las condiciones objetivas o, como plantean otros autores, porque tampoco se lo plantee.

Envío oficial de insumos médicos y sanitarios del gobierno de China a Argentina

En contraposición, la pandemia de Covid-19 parece reafirmar una transición a la multipolaridad en distintos planos de la realidad mundial, donde la República Popular China ha cumplido un rol fundamental. Una vez que pudo contener el virus en su territorio, el gobierno chino emprendió una política de cooperación y ayuda en el plano internacional a partir de masivas donaciones de respiradores, mascarillas, cofias, etc., sumado al envió de equipos médicos a países en desarrollo. A nuestro país llegó un cargamento con la inscripción “los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera”. Pero estas acciones se repitieron en más de 82 países del mundo.

Sumado a las consecuencias sanitarias, el Covid-19 también profundizó la crisis en el ámbito económico. Desde el inicio de la propagación del virus, China ordenó el cierre de fábricas en la ciudad de Wuhan y en otras zonas afectadas, limitó los sistemas de transporte y decretó el cierre de estaciones de trenes y aeropuertos. Estas acciones representaron un duro golpe para las Cadenas Globales de Valor, es decir, principalmente, para las transnacionales globales que producen en China para vender en el mundo. Esto puso sobre la mesa no solo la importancia económica que tiene China para las transnacionales, sino que China es desde hace años el motor industrial del mundo: es el principal importador de petróleo del mundo, usó más cemento entre 2011 y 2013 que Estados Unidos durante todo el siglo XX, en los últimos 40 años sacó de la pobreza a más de 850 millones de personas, construyó un hospital para 1000 personas en 10 días, entre muchos otros datos impresionantes. A su vez, en términos sanitarios, es el principal productor de máscaras quirúrgicas, produce aproximadamente la mitad de los respiradores N95, produce la gran mayoría de los ingredientes farmacéuticos activos necesarios para fabricar los antibióticos que abordan las infecciones secundarias emergentes del COVID-19.

Además, la vacuna que está desarrollando China contra el Covid-19 ya se encuentra en Fase III, y el presidente Xi Jinping afirmó que las vacunas chinas estarían disponibles como un “bien público global”.

Esta visión del mundo y las acciones llevadas adelante por China incluyen además iniciativas como la reactivación de la Ruta de la Seda, un megaproyecto de interconexión económica, política, social y cultural mundial, el impulso al bloque BRICS y el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructura, entre otras herramientas.

La actitud internacional de China contrasta fuertemente con la adoptada por mandatarios como el presidente norteamericano Donald Trump, el británico Boris Johnson o el brasilero Jair Bolsonaro, quienes no solo subestimaron la peligrosidad del virus, sino que rehuyeron a las medidas de protección de la salud en sus territorios negando la ayuda internacional necesaria al resto de los países.

¿Hacía donde va el mundo? Algunas conclusiones

Como sea que se resuelva la crisis, algunos autores señalan que nos encontramos experimentando el tránsito hacia una nueva etapa a nivel global. Si bien los cimientos del actual sistema internacional ya venían siendo fuertemente socavados desde hace algunos años, el Covid-19 cataliza y profundiza crisis mucho mayores, por lo que es imperioso estar preparados como país y como región.

En todo este contexto, en las últimas semanas, China pisó el acelerador. No solo contuvo el virus en su territorio, sino que ya puso a funcionar nuevamente su economía, y mientras el Banco Mundial pronostica caídas de entre 5 y 10 puntos para Estados Unidos, Japón y Europa, China ha comenzado a recuperarse y se pronostica un crecimiento positivo para este año. A su vez, sancionó la Ley de Seguridad Nacional para el territorio de Hong Kong, un territorio que es parte de China, pero que está controlado informalmente por las transnacionales globales principalmente británicas. Además, ya completo el despliegue global de la red 5G (y comenzó a desarrollar el 6G, lo que habla de que está a la vanguardia de la revolución tecnológica), completó la puesta en órbita de 35 satélites para el desarrollo de su propio geoposicionador “Beidou” (lo que le permite no darle información geopolítica estratégica al GPS norteamericano), y firmó un acuerdo de asociación estratégica con Irán para garantizarse el suministro de petróleo y gas durante los próximos 25 años. Todo en estos últimos dos meses, mientras occidente sigue intentando contener el virus.

El escenario descripto anteriormente plantea interrogantes para América Latina y el Caribe, en función de cómo impactarán las transformaciones en el orden mundial, qué repercusiones traerá aparejada la pandemia del Covid-19 y qué rol jugará nuestra región en el sistema mundial contemporáneo. Podemos insertarnos de manera acrítica, subordinada, siendo nuevamente proveedores de materias primas hacia los nuevos polos de poder mundial. O podemos reclamar el protagonismo que nos ha sido negado durante gran parte de la historia, y volver a ser una potencia industrial, impulsando un bloque de integración sólido, donde las naciones y los pueblos seamos parte de esta historia que se escribe hoy para quién sabe cuántas generaciones.