¿Se puede sancionar a China por la pandemia del Covid-19?
Los ataques a China ante el surgimiento de la pandemia del Covid-19 tienen como objetivo lograr sanciones internacionales. ¿Esto es posible? ¿Qué podemos aprender de las consecuencias de la pandemia?

Si analizamos  las pandemias del siglo XX, se observa que de las tres, dos de ellas tuvieron su emergencia en China: la “Asian Flu”  (Gripe Asiática) entre 1957 y 1958 y la “Hong Kong Flu” (Gripe de Hong Kong) entre 1968 y 1969. La restante es la famosa y mal llamada “Gripe Española” de origen incierto, que transcurrió entre 1918 y 1919. El siguiente siglo traería la epidemia del SARS-COV en 2002 nuevamente con epicentro en China, esta vez en la provincia de Cantón  (Guandong) y finalmente desde fines de 2019 hasta la fecha la pandemia del COVID-19.

Con el estallido de  infectados y muertos a nivel global y la parálisis económica, un tema que comenzó a ser discutido fue la posibilidad de adjudicar alguna responsabilidad internacional a China. Alentado en el marco de la guerra comercial entre las dos naciones, el presidente de los Estados Unidos Donald Trump acusó a China en la 75° Asamblea General de Naciones Unidas y pidió responsabilizarla por sus acciones.

Las acusaciones adquieren mayor gravedad al insinuar una  estrecha vinculación entre este país y la OMS.  El 1 de enero de este año, Taiwán advirtió a la OMS  mediante la ONU sobre un posible caso de coronavirus que podría contagiarse fácilmente de persona a persona. Sin embargo, la OMS decidió desatender esta advertencia con un polémico tweet desde cuenta oficial el 14 de enero, afirmando que de acuerdo a las autoridades chinas no hay evidencia de una transmisión entre humanos del nuevo coronavirus. Esta situación de tranquilidad en el manejo del caso, guiándose por las directrices chinas continuó en los meses siguientes hasta llegar a marzo con la declaración oficial de pandemia.

La principal crítica sostiene que de haber atendido a tiempo las advertencias taiwanesas se podría haber actuado con mayor eficacia mediante una respuesta temprana. Algunos analistas señalan que la actitud de la OMS responde a que Taiwán no es miembro, y esto a su vez, cumple con las expectativas de China. En marzo de este año, cuando Bruce Aylward, epidemiólogo  canadiense  de este organismo fue consultado por una periodista de “Radio Televisión Hong Kong” (RTHK) si se consideraba la incorporación de Taiwán como miembro, la video-llamada se cortó abruptamente luego de formular dos veces la misma pregunta sin conseguir respuesta alguna. En este sentido, el vicepresidente japonés en tono sarcástico sugirió que  la OMS debería llamarse “Organización de la Salud China”, lo que se suma a las dudas planteadas por su gobierno sobre las cifras reales de contagios que proporciona Beijing.

Llegado a este punto ¿se puede responsabilizar a China? ¿Tiene China algún grado de responsabilidad? Para realizar una acusación debe presentarse fundamentos sólidos que avalen el argumento, de lo contrario, se termina cayendo en el ámbito de calumnias, falacias y  hasta conspiraciones que por demás sabemos que abundan en diferentes “círculos”. Desde la teoría de las relaciones internacionales, se establece el supuesto básico de la “anarquía del sistema internacional” en tanto no existe un poder supranacional coercitivo por encima de los Estados Nacionales, los cuales conservan  soberanía sobre su territorio.

Podríamos mencionar el caso del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que es el único órgano habilitado con el uso de la fuerza para imponer el cumplimiento de sus decisiones. El problema se presenta en el mecanismo de votos, dado que para que una decisión sea efectiva debe contar con 9 votos afirmativos, pero tan solo un voto negativo o “veto” de uno de los miembros permanentes del Consejo (Estados Unidos, Francia, Rusia, Gran Bretaña y China) anula su aprobación pese a contar con la cantidad mínima requerida (en total son 15 miembros). Entonces cabe plantear  ¿podría  el Consejo tomar una decisión que vaya en perjuicio de uno de sus miembros permanentes como Gran Bretaña o Estados Unidos? La misma pregunta puede formularse con China.   Resulta viable considerar la aplicación de sanciones, embargos o el uso de la fuerza con países periféricos, cuya gravedad en el plano internacional es escasa pero ¿cómo hacerlo con las grandes potencias?

Volviendo al tema de las responsabilidades, si se pretende adjudicar algún grado de responsabilidad internacional sobre las acciones de China, ¿cuáles serían tales acciones?  Desde ya suponer que China produjo esta pandemia adrede como ciertos sectores conservadores o reaccionarios suponen, sería caer en el delirio anti-chino y francamente no contribuye en lo absoluto en la resolución de la problemática internacional que afrontamos. Por supuesto que China ha cometido errores, como lo evidencia el caso del oftalmólogo Lin Wenliang, quien alertó con mensajes de texto a sus colegas sobre un paciente que acabó muerto por una enfermedad respiratoria y de siete pacientes bajo cuarentena en su hospital. Con capturas de pantalla, el mensaje comienza a ser fuertemente difundido en redes, sobre todo en Weibo (versión china de Twitter) provocando la encarcelación de Lin Wenliang y su posterior liberación a condición de que no difundiera mentiras. Si China quiere avanzar, deberá resolver estas cuestiones pendientes.

Pensar en lo que ha dejado el COVID-19 no es tarea fácil, sobre todo porque se trata de una pandemia que continuamos transitando.  En primer lugar, a nivel internacional mostró la falta de un  liderazgo tradicional encabezado por Estados Unidos, en lugar de esto, apareció una China en ascenso con su “diplomacia de las mascarillas” que en pocos meses logró demostrar el control de la pandemia como se evidenció en la ciudad de Wuhan.  La respuesta a puertas adentro que ha dado cada país es otro tema de análisis, siendo bastante diverso: desde una cuarentena estricta (como el caso de Argentina) pasando por cuarentenas flexibles y laxas (como Brasil y Estados Unidos) hasta el aparente modelo anti-cuarentena de Suecia.

De igual modo, los éxitos y fracasos han variado enormemente en función de diferentes variables: la capacidad de cada Estado de testear a sus habitantes, el tipo de cuarentena impuesta, el grado de aceptación y rechazo de la población, las inversiones hechas en materia de salud, la estructura etaria lo que incide en el patrón de mortalidad, el porcentaje de la economía en “informal”,  la coordinación entre los distintos niveles de gobierno: local, regional y nacional, las experiencias previas en el tratamiento de pandemias, etc.

En tercer lugar debemos mencionar el dilema planteado entre economía y salud, que afecta y se visibiliza con mayor ímpetu en las economías en vías de desarrollo, el caso latinoamericano es uno de ellos. El sector médico que aboga por una mayor cuarentena choca por momentos con los detractores de la cuarenta que alzan un pedido urgente de trabajo, el “home office” demostró ser un medio viable para determinadas profesiones (maestros, empleados administrativos, funcionarios públicos, etc) pero no es el caso de bares, restaurantes, gimnasios, labores relativas al turismo y al arte, entre otras. El gobierno se encuentra frente al desafío de salvar no solo las vidas sino también la economía de cada hogar.

Por último, quedará por observar la influencia que el actual virus tendrá en la política internacional y su agenda. Los países deberán afrontar un cambio sustantivo en su percepción de la seguridad internacional, balancear el rol de la economía en la sociedad y su equilibrio con las causas ambientales eternamente postergadas, apostar fundamentalmente a una cooperación y multilateralismo con protocolos sanitarios internacionales renovados y dispuestos a ser implementados obligatoriamente. ¿Estaremos en las próximas décadas frente a una nueva organización internacional por fuera de la OMS (con un papel sujeto a debate) encargada de la prevención y el tratamiento de pandemias o desastres sanitarios? El tiempo lo dirá.