Sinofobia, movimientos anti-chinos y discursos de odio: una historia de resistencia y resiliencia
Foto: Eldiario.es. Campaña “No soy un virus”.
Durante la pandemia de COVID-19 se vio un fuerte rebrote de racismo y discriminación ante los ciudadanos chinos de la diáspora y otras poblaciones asiáticas. Muchas campañas han buscado frenar estos sentimientos de odio mediante diversos recursos, incluido el arte, las movilizaciones, la información confiable y la justicia.

La discriminación hacia las personas de origen chino y otras migraciones asiáticas comenzó en el continete americano casi tan pronto como su arribo a las nuevas tierras en el siglo XIX. Los primeros inmigrantes chinos, denominados culíes (término con connotaciones peyorativas), eran trabajadores en búsqueda de oportunidades. Normalmente mal pagos, sufrieron la estigmatización y el prejuicio de sus conciudadanos. Las mujeres, quienes en general migraban en menor proporción que los hombres, cargaban con su propio conjunto de prejuicios sobre ellas, por ejemplo, el asociarlas a la prostitución.

La expresión Barrio Chino, que hoy puede remitirnos a sitios turísticos donde degustar las delicias asiáticas, fue otrora, en la mente de muchos, sinónimo de marginalidad e inseguridad, y asociados también a la transmisión de enfermedades como la viruela. 

La historia de los chinos en América estuvo signada por masacres como la de Los Ángeles de 1871 (EE. UU.), un linchamiento en masa en un barrio asiático que incluyó robos, invasión a propiedades, muertes por armas de fuego, ahorcamientos, y hasta mutilaciones. También la masacre de Rock Springs (1885, EE. UU.). Por entonces, los mineros chinos recibían un salario inferior al de los blancos, haciendo que fueran contratados más mineros chinos, enfureciendo a los blancos y desencadenando el odio que acabaría con la vida de al menos 28 mineros chinos.

Eventos más oscuros son los de la masacre de Hells Canyon (1887, EE. UU.) en la que murieron treinta y cuatro mineros chinos en circunstancias aún hoy desconocidas. La mayoría de estos eventos quedaron impunes por falta de investigación o tecnicismos legales. Y, finalmente, la masacre de Torreón (1911, México) a la que ya nos hemos referido en otro artículo de La Ruta China.

La violencia no fue sólo física, sino también institucional. Distintas leyes limitaron los derechos de las personas chinas en América entre fines del siglo XIX y principios del XX. El Acta de Exclusión China de 1882 en Estados Unidos, por ejemplo, suspendió la migración por 10 años e impidió a los residentes chinos la naturalización, haciendo de ellos eternos extranjeros en su nuevo hogar e imposibilitando la reunificación familiar. El conjunto de medidas limitando la migración china continuaron vigentes hasta 1943, pero no fue sino hasta 1965 que el tratamiento a las personas chinas se tornó más igualitario.

Leyes similares fueron promulgadas en Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica. En México, donde las comunidades chinas habían logrado prosperar, hubo deportaciones y leyes anti chinas durante la época de la revolución que impedían, entre otras cosas, los matrimonios mixtos, el acceso a restaurantes o museos, o salir de los barrios luego de cierto horario.

Las campañas antichinas fueron acompañadas de propaganda, boicot a sus actividades comerciales y vigilancia, transmitiendo a la población el mensaje de que la migración china era perjudicial para la sociedad, muy en línea a las ideas del racismo degenerativo predominante de la época. Ya por entonces, mucho antes de que el covid apareciera en la faz de la tierra, se los asociaba a virus y enfermedades infecciosas. 

Aún allí donde su permanencia estaba revestida de un carácter legal, como en Cuba o Perú, la discriminación y la violencia estaban a la orden del día. Los contratos por los cuáles ingresaban a trabajar a estos países eran por demás desfavorables y dejaban a los trabajadores chinos ante una gran desprotección respecto de los maltratos de sus patrones. 

A pesar de tan trágicos eventos, la esperanza y la resiliencia siempre estuvieron presentes. Los migrantes chinos, como otros migrantes asiáticos, formaron sus hogares en el continente americano, contribuyendo a la economía, la cultura, la política, el arte y el pensamiento de sus países; transmitiendo sus valores y herencia cultural a las nuevas generaciones de chino-americanos y asiático-americanos.

Contrario a lo que indicaban las campañas en su contra, los migrantes chinos jugaban un rol relevante en tareas directamente relacionadas al progreso económico de su época tales como la construcción de ferrocarriles y la minería, además de comercios de pequeña escala. Tampoco fueron víctimas pasivas de las injusticias en su contra. Hubo movimientos de desobediencia civil y hasta reclamos por vías legales, aunque con pocos o nulos efectos.

El desarrollo de las comunidades chinas, en particular, y asiáticas en general en América tendría un nuevo capítulo marcado por los sentimientos de odio a partir de la pandemia. Desde carteles en la vía pública rezando “Fuera chinos”, ataques físicos, impedir el acceso a determinados lugares, acompañados de mensajes de odio y teorías conspirativas en redes sociales. Solo en Estados Unidos los ataques a personas asiáticas durante la pandemia han sido más de 9000 entre agresiones físicas y verbales, según la organización Stop AAPI Hate (AAPI por Asian Americans and Pacific Islanders). Muchos ataques derivan en muertes violentas, aunque las cifras exactas son difíciles de hallar.

Argentina no ha sido la excepción a la hora de los mensajes de odio y actitudes discriminación, las cuales, aunque pueden haberse profundizado durante la pandemia, han estado presentes por décadas en la sociedad. Desde el accionar en contra de locales con dueños chinos, hasta ataques físicos aislados y múltiples expresiones verbales de discriminación, críticas simplistas a los hábitos alimenticios en China y los hábitos de las personas chinas en general, demuestran que aún hay un largo camino por recorrer para reconocer que Argentina, al igual que América, también es asiática.

Pero de nuevo, no todo es dolor. Hoy más que nunca las comunidades asiáticas y chinas son activas en contrarrestar el odio y trabajar por su erradicación. Desde el movimiento “No soy un Virus” o “Stop Asian Hate”, hasta manifestaciones artísticas generando conciencia sobre la diversidad y relevancia de las comunidades asiáticas de ultramar, grupos de investigación, ONGs y medios de comunicación especializados, orientados a generar información confiable. También se ven otros impulsos concretos en la justicia y en organismos especializados, como el caso del INADI en Argentina, que muestran la resiliencia de las comunidades asiáticas y el deseo de buena parte de la sociedad de resistirse a perpetuar una historia de injusticia y segregación. 

Como se ha visto, las raíces de este odio son históricas. La responsabilidad de desterrarlo en honor a las generaciones pasadas cuyo sacrificio abonó estos suelos, a las presentes y a las futuras es de todos. El odio no solo hiere a las comunidades chinas o asiáticas, sino a muchísimas comunidades de diversos orígenes y, aunque no lo notemos, nos hiere y nos depriva a todos, en cualquier lado de la historia en el que nos tocase estar.