Sun Si Miao, el buda de la medicina china
Una de las figuras más influyentes de la medicina oriental, cuya profunda dedicación y sensibilidad continúa aportando inspiración a estudiantes y terapeutas de todo el mundo.

Cuentan las crónicas que nació a comienzos de la dinastía Sui (580 d.C) un reinado que reunificó el imperio con grandes reformas institucionales y promovió el budismo.

De pequeño tuvo problemas de salud, por lo que médicos y medicinas fueron parte de su temprana vida. Los altos costos de la atención y los dolores que sufría lo llevaron a comprender que la atención médica debía ser reformulada para que todos pudieran recibir tratamiento.

Estudió los textos clásicos desde muy joven y se nutrió del Taoísmo, el Budismo y el Confucianismo.

El prestigioso académico Paul Unschuld lo describe como “Un hombre de extraordinario talento, que se dedicó a las enseñanzas del I-Ching, el Tao te King y la filosofía del yin-yang. Sun SiMiao se especializó en fitoterapia y nutrió sus conocimientos con recursos de la cultura popular que adquirió en sus numerosos viajes”.

Atendía pacientes en forma constante, con una enorme dedicación y compromiso, sin discriminar por estatus social, rango, riqueza, edad o belleza. Aquí sus palabras: “cuando un gran médico trata a un paciente, debe concentrarse, calmarse y estar libre de deseos y búsquedas. Necesita tener un corazón compasivo y dispuesto a ayudar a los pacientes que sufren la enfermedad”.

Estas cualidades le valieron un enorme reconocimiento y popularidad, por lo que varios políticos y regentes le ofrecieron puestos de nivel en la corte, pero él los rechazó, para continuar con su atención a los humildes.

No obstante, al ver que no daba abasto en ayudar a todos, comprendió que debía promover hábitos saludables para evitar los desequilibrios que llevan a la enfermedad. Propuso que “primero se debe trabajar en base a la alimentación y hábitos de vida del paciente, y sólo cuándo esto no sea suficiente, recurrir al uso de la medicación”.

Sun Simiao se atrevió a romper con la convención de que no se debían transmitir esos conocimientos abiertamente y dedicó toda su vida a enseñar, compartiendo su sabiduría con la gente común.

Dio mucha importancia a las patologías relacionadas con la pediatría y la ginecología, sus textos y reflexiones sobre este tema son una gran referencia para las generaciones posteriores que empezaron a dar mayor atención a estas ramas de la medicina.

Su consagración llega a nuestros días por dos extensas obras, que son textos fundacionales de la medicina china: Recetas para emergencias que valen mil oros (Beiji Qianjin Yaofang) y Suplemento de recetas que valen mil oros (Qian Jin Yi Fang) en los que reúne casi 6000 recetas e indicaciones, fruto de sus 30 años de experiencia clínica y su propia investigación en acupuntura y herbolaria. Vale mencionar que muchas de estas prescripciones continúan con plena vigencia hasta la actualidad.

En sus últimos años -parece que llegó a vivir hasta los 140- se recluyó para continuar con sus escritos en la montaña Yaowang, donde hoy existe un templo/monumento que recuerda su legado. Allí varios paifang (arcos conmemorativos de piedra) alaban sus logros y virtudes, uno de ellos menciona: “Aislado en los bosques de las montañas, la benevolencia del doctor siempre benefició al pueblo”.

Por último, su aporte respecto al autocultivo de la ética clínica es de una belleza poética y guía los pasos de estudiantes y terapeutas de todo el mundo.

He aquí sus simples y profundos consejos:

  • Esté  presente a lo que está haciendo;
  • Escuche al paciente;
  • Mantenga el contacto con lo divino a través del silencio y la meditación.